El juego es cosa seria: reflexiones desde el viento y el aula

Considero que los motivos más íntimos de nuestras acciones nunca son claros ni definidos, aunque resulta fundamental que, una vez que realizamos algo, esas acciones sean consistentes con la narrativa que nos construimos para nuestra vida.

¿Jugar o pensar?

Estos últimos años transcurrieron en dos ambientes diferentes de trabajo: uno expuesto al viento y otro encerrado en aulas y plataformas virtuales. Hubo así mañanas dedicadas a enseñar «el pensar» y tardes dedicadas a enseñar la técnica de provocar al viento.

¿Cómo construir un sentido para esta historia compuesta por actividades tan diferentes? Porque más allá del ambiente, también son distintos los contenidos, los recursos y los comportamientos enseñados. No es lo mismo enseñar a controlar una vela que enseñar a pensar la propia existencia como una caverna. Incluso presentarme como filósofo en un contexto deportivo, o como instructor en uno académico, genera desconcierto. Porque o se juega o se piensa; ambas juntas no parecen caber en una misma historia, a menos que el juego sea apenas un pequeño momento del relato o una distracción que alivia la vida productiva y los compromisos sociales.

Pero, ¿qué ocurre cuando jugar deja de ser una distracción? ¿Qué hacer cuando aquello que organiza la vida es precisamente el juego?

Personalmente necesitaba encontrar un sentido donde pensar y jugar pudieran encontrarse; en el que la «vida seria» y el «pido gancho» del juego no sean una rivalidad en la vida. Fueron años de hacer, de preguntar, de conversar y de cuestionar creencias para encontrar la posibilidad de pensar el juego. Hubo varios hitos en este camino; el que más recuerdo ahora fue el reencuentro con un texto del filósofo Hans-Georg Gadamer en el que dice: “el juego es cosa seria”. Esto me llevó a dejar de considerar que jugar era un fantasma que espantaba la responsabilidad y el propósito de la vida. Y cuando logré superar esta creencia, descubrí que lo esencial del juego es inspirarnos a cruzar límites, y que el «como si» del juego no es una ficción, sino una apertura de posibilidades.

En estos años compartí estas preguntas con alumnos y deportistas. En aquellos diálogos confirmé que el conflicto entre la «vida seria» y el «pido gancho» no era solo mío. Muchos se habían encontrado con el fantasma del «como si», y esta experiencia les había hackeado la vida. Se encontraron con emociones que los llevaron a mirar su vida al revés y a que esta tenga sentido. O vivir la experiencia de quedar sin máscaras, expuestos a la vulnerabilidad de lo que uno es, y esto los motivaba a buscar esa experiencia una y otra vez.

Filosofía cotidiana: en movimiento

La pregunta comenzaba a encontrar una respuesta conceptual; intelectualmente había un camino ya trazado, pero personalmente, ahí en ese lugar del «qué hacer cotidiano no estaba resuelta, no encontraba un camino. ¿Qué hacer con el juego cuando todo conduce hacia la responsabilidad de una vida seria?

Porque lo primero que surge cuando se abre la puerta al fantasma del «como si» es la culpa, y esta es doble: por no estar haciendo lo que se debería y también por no hacer lo que realmente deseo. Detrás de esa pregunta estaban los tres superpoderes del fantasma del «como si»: culpa, falta y deseo. Pensar así me ayudó a ver que no se trataba de resolver un problema intelectual, en el que en los libros encontraría una solución, sino que había algo más profundo involucrado, estaba yo.

La culpa me acompañó, especialmente esa que surge al no adecuarme a una vida seria. Y a veces me sigue acompañando. Mi reparación llega en las devoluciones de mis alumnos. Luego está la falta, que me detuvo muchas veces. Siempre faltaba algo: conocimiento, experiencia o habilidad. Mi adicción a los cursos era la forma de compensarla. La culpa y la falta tenían sus amuletos, pero qué hacer con el deseo. Este es el que moviliza todo y el que menos se ve; es el que invita a jugar pero no te dice a qué. El deseo surgió, como una intuición que debía seguir sin un propósito muy definido.

Cuando se abre la puerta al deseo, este es impostergable. Soy una persona estructurada, necesitaba encuadrar lo que estaba por hacer. Así fue como mi mente justificó este camino diciendo que no era jugar—algo prohibido—, sino que pertenecía a la vida seria. Me tranquilizó mostrándome que mi búsqueda era una investigación filosófica sobre el juego, algo permitido a un filósofo.

Con estas estrategias pude hacer frente a los superpoderes del fantasma del «como si», y transitar estos años de confusión, fascinación, frustración, miedo, ansiedad y de muchísimo trabajo.

Filosofía del Deporte: pensar el movimiento

Hoy esa intuición puede narrarse claramente, pero en el mientras tanto, cuando solo había un camino a seguir sin otro sentido que avanzar, fue difícil. Porque construir una narrativa que otorgue sentido requiere de tiempo, esfuerzo y un poco de locura. Poder descubrir que el encuentro con el fantasma del «como si» no solo tenía que ver con la práctica de jugar, sino también con el pensar; por lo tanto, era filosofía. Descubrir que pensar no es únicamente lo que encontramos en libros, sino que implica salir a jugar y exponernos con lo más propio: el movimiento; y que desarrollar esta habilidad del pensar necesita entrenamiento, pues no fuimos educados para ello. Provocar esta experiencia filosófica como reflexión personal es mi propósito; es lo que me llevó estos años. Y lo que para muchos es solo un problema más, para mí es el problema.

Así nació Filosofía del Deporte, como un lugar para compartir las experiencias de pensar el juego, esas que nacen en la dinámica que se da entre la «vida seria» y el «pido gancho». Porque somos muchos a los que el fantasma del juego pide justificación, y el propio deseo no alcanza para tranquilizar la culpa.

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