Un domingo a las cinco de la mañana estás arriba del auto yendo a correr.
Nadie te obliga. Nadie te paga. Podrías estar durmiendo.
En algún momento del camino, siempre, aparece la misma pregunta: ¿qué hago acá?
La contestás rápido, con lo que tenés a mano. Que te hace bien. Que te ordena la semana. Que si no vas te sentís mal. Todas son ciertas y ninguna alcanza. Y a la salida siguiente algo la vuelve a abrir: ¿qué es lo que estoy buscando?
Esa pregunta no está en tu plan de entrenamiento. Pero seguís sin responderla.
¿Hasta cuándo?
La pregunta equivocada
En mitad del juego hiciste algo que no calculaste. Un pase, una salida, una corrección del cuerpo en el aire. Salió bien.
Lo primero que preguntás es cómo hacer para que pase más seguido. La música antes del partido, la rutina, la respiración, el libro de mentalidad. Entrar en zona.
Y las veces que salió de verdad, ¿estabas haciendo la rutina?
Lo hiciste vos, nadie más. Y no lo podés ir a buscar.
El episodio: Entrar en zona (flow): el método que te deja afuera.
Por el hombro
Vas corriendo y todo anda junto: la respiración con el paso, el paso con el piso, el piso con la subida que todavía no llegó.
Alguien te pasa por el hombro.
Y antes de que decidas nada ya hiciste una de dos cosas. O soltaste la carrera que venías corriendo. O lo dejaste entrar, y seguís corriendo la misma carrera, ahora con otro escenario.
Desde afuera no se distinguen.
Pero llegaste a tu casa, y en la ducha te viste hacer lo que hacés. Repetiste un argumento, una representación, y eso sigue dando que pensar.
Un filósofo trabaja ahí: en el argumento, no en la carrera.
El episodio: Cuando alguien te pasa.
La frase
Cuando el movimiento no sale, hay una frase corta que te repetís, siempre la misma. La venís diciendo hace tanto que ya no la escuchás. Más fuerza. No aflojes. Todavía no estoy listo.
Esa frase alguna vez te sirvió. Por eso te quedaste con ella.
Y no la inventaste en la cancha. La trajiste.
La lesión
Venías bien. Tres meses sin saltear un día, la carga subiendo despacio, el cuerpo aguantando todo lo que le pedías.
Un martes a las siete algo cede.
Lo primero que hacés es revisar la lista. La serie de más del jueves. Las zapatillas nuevas. Las cuatro horas que dormiste esa semana. Una de esas tiene que ser.
Y abajo de la lista hay otra pregunta, que no es del cuerpo.
¿Qué hice mal?
La respuesta llega enseguida, y es cierta: la carga, el gesto, el descanso. Te la da el kinesiólogo, te la das vos.
Pero la pregunta la hiciste vos, y no era sobre la carga.
Pido gancho
De chico, en medio del juego, cruzabas los dedos y gritabas «pido gancho». El juego seguía existiendo, pero por un rato vos quedabas afuera de sus condiciones. No abandonabas: pedías aire.
Después el juego se puso serio y nadie te avisó que la fórmula se podía seguir usando.
Tu deporte es eso. Un pido gancho de la vida seria.
Y el partido que importa no es el que jugás el domingo. Es el que juegan entre sí la vida seria y el pido gancho.
Pensar fuera de la cancha
Para la pregunta que no es del cuerpo hay cuatro semanas: un módulo por semana, y un cuaderno que escribís vos, que leo y te contesto.
La inscripción todavía no abrió.
El taller: Pensar fuera de la cancha.
El Gimnasio, por mail.
Cada quince días, un martes o un miércoles a la mañana, te llega un texto.
Parte de algo que ya te pasó entrenando. Termina en una pregunta.
La pregunta se puede contestar.
