El cuerpo de un campeón: lo sabe
Sabe moverse, pero insistimos en decirle cómo. Es real y también representación.
A veces, el cuerpo se adelanta.
Antes de que uno entienda qué está pasando, él ya lo dijo: con una puntada, una contractura, un temblor. O con ese agotamiento que no tiene explicación. El cuerpo se adelanta y después hay que alcanzarlo.
¿Qué es el cuerpo?
Es, ¿ese que entrena, que se lesiona, que resiste? ¿Esa masa de músculos, huesos y tendones que hay que cuidar y fortalecer? ¿O eso que vemos en el espejo, que cargamos con ideales, con miedos, con historias?
¿Somos cuerpo? ¿Tenemos cuerpo?
Jean Luc-Nancy abre más la contradicción:
“El cuerpo es material. Es denso. Es impenetrable. Si se lo penetra, se lo disloca, se lo agujerea, se lo desgarra”
“El cuerpo es inmaterial. Es un dibujo, un contorno, es una idea.”
(Nancy, 2010, indicios 1 y 5)
Aceptar —o no— esta condición, para la vida del jugador no es una cuestión teórica. Tiene consecuencias reales. Porque lo que no se dice con palabras, se expresa con el cuerpo. Y lo que creemos que somos —lo que proyectamos, lo que nos exigimos ser— también se encarna. O se desgarra.
Hay días en que el cuerpo parece una máquina que nos pertenece. Otras veces es un misterio: se escapa, se traba, se impone.
Entre esas dos versiones —el cuerpo real y el cuerpo representado— se juegan el rendimiento, el disfrute y el sufrimiento.
Porque entrenar no es solo mover el cuerpo. Es también habitarlo. Escucharlo. Descifrarlo.
Cuando el cuerpo no rinde… ¿de quién es la culpa?
No siempre es fácil saber por qué algo no sale. La técnica está. La preparación, también. Pero hay algo que frena. Una fuerza que no aparece, un gesto que traba, una confianza que no llega.
Y ahí, muchas veces, no es el cuerpo real el que falla, sino la imagen que lo aprieta.
Lo que el deportista espera o imagina de su cuerpo —cómo debería verse, cuánto debería pesar, qué marcas debería lograr— puede convertirse en un obstáculo. No se trata solo de exigencia, sino de una representación que se impone, que desde algún lugar se exige ser cumplida. Y si no se alcanza, duele, frustra, se desconecta. Esa representación está hecha de miradas, comparaciones, discursos, redes sociales (algoritmos).
¿Y si el cuerpo supiera más que nosotros?
Hay algo ahí que se impone. Como si un intruso tomara el control de lo que imaginábamos ser.
El cuerpo empieza a hacker lo que planeamos, lo entrenamos. Y lo que antes era fluido, ahora se enreda.
Ya no duele el músculo o la articulación, duele lo que creíamos de nosotros mismos.
“Uno no tiene su cuerpo: lo es. Y lo es en la medida en que no se lo tiene, en la medida en que otro lo tiene.”
(Nancy, 2000, El intruso)
En el deporte, sin que nadie nos toque, algo irrumpe sobre la exigencia, la mirada, el miedo, la expectativa. El intruso no es solo un “otro” extraño que invade, sino una irrupción de lo real que desestabiliza nuestras representaciones, nuestras ficciones sobre lo que somos. Y no viene de afuera, nos acompaña y revela lo que creamos ser.
Cómo ignora su cuerpo
Hay muchas maneras de ignorar el cuerpo. Y el deportista —paradójicamente— las conoce todas.
El dolor se tapa
A veces el cuerpo duele y lo negamos. Pero se sigue. Se aprieta los dientes, se entrena igual, se exige más. Como si parar fuera un fracaso. Como si escuchar fuera debilidad. Y si no se lo escucha, no existe.
Entrena desde el desprecio
El cuerpo se vuelve enemigo. Hay que vencerlo, moldearlo, dominarlo. Cada defecto es una guerra. Cada error, una culpa. Se lo corrige.
No se lo habita, se lo persigue.
Una máquina de rendimiento
Se mide. Se calcula. Se programa. Se exige como si fuera un dispositivo. Y si no responde, se lo ajusta. Pero en ese cálculo, algo se pierde: la conexión, el deseo, la experiencia.
La imagen toma el control.
Entrenar se vuelve una forma de coincidir con lo que mostramos. En redes. En fotos. En comparación con otros. Y el cuerpo, entonces, no es lo que se siente… es lo que se espera que parezca.
Y sin embargo, ese otro intruso como lo reconoció Nancy: el cuerpo siempre vuelve a decir. El cuerpo que ignoramos nos llama en sus propias palabras, en la que aprendió a comunicar.
“Hay más razón en tu cuerpo que en tu mejor sabiduría.”
(Nietzsche, Así hablo Zaratustra)
La nada del cuerpo
Para seguir abriendo preguntas, tomemos esta imagen del Maestro Eckhart:
“Pongamos un ejemplo: cogemos un carbón encendido y lo depositamos en mi mano.
Si yo dijera que el carbón quema mi mano, sería incorrecto.Lo que, propiamente, me quema es la nada, pues el carbón tiene en sí mismo algo que mi mano no tiene.
Mirad, justamente es esa nada la que me quema. Si mi mano tuviera todo lo que es el carbón y todo lo que puede hacer, entonces sería casi totalmente de la naturaleza del fuego. Si después alguien tomara todo el fuego, que arde constantemente, y lo lanzara sobre mi mano, no podría dolerme”
Eckhart, Maestro (2008), Sermón: Vivir sin porqué, en el Fruto de la nada, Madrid, Ediciones Siruela.
Podemos entender el carbón encendido como una exigencia, una representación ideal, una expectativa externa: eso que creemos que debemos ser para estar a la altura.
Y la mano —como el cuerpo entrenado, vivo, real— no es una carencia. Es lo que somos con todas nuestras posibilidades, límites y saberes.
Entonces, ¿qué es lo que duele? No el cuerpo. No la exigencia en sí.
El dolor es un enigma: no dice «esto es lo que te pasa», pero se deja leer. Es como si el dolor viniera a marcar eso que está detenido. Lo que duele es el choque entre lo que somos y lo que tratamos de imponer. Duele la distancia entre el cuerpo real y la imagen que intentamos cumplir.
Nos quema la nada.
Esa nada no es ausencia: es lo que no somos, lo que no nos pertenece, pero que igual intentamos cargar.
Ahí, en es espacio de la pregunta, se abre algo. Lo que incomoda revela.
El cuerpo que cambia en la nada
Considerar el cuerpo así, es reconocer la posibilidad de cambio. Somos animales hechos para cambiar constantemente, para adaptarnos, para reconstruirnos constantemente y es en el cuerpo donde se genera.
«El cuerpo es visible, el alma no lo es se ve que un paralítico no puede mover su pierna correctamente. No se ve que un mal hombre no puede mover su alma correctamente, pero se debe pensar que es el efecto de una parálisis del alma. Y que es preciso luchar contra ella y hacerla obedecer. Este es el fundamento de la ética, querido Nicómaco.”
Jean Luc Nancy
A veces, el cuerpo incomoda. No por lo que duele, sino por lo que muestra. Y uno podría pasar de largo, seguir entrenando, ajustando, exigiendo.
O podría —por un momento— quedarse ahí.
¿Qué pasa si dejamos de interpretar y empezamos a sentir? ¿Qué podría decir el cuerpo si no le respondemos con instrucciones, sino con escucha? ¿Y si el malestar no es un error, sino una puerta?
Así se inicia la transformación, en la apertura a la sensación de extrañeza, de asombro, malestar, incomodidad, placer, disfrute, hambre, sed, etc. Esa enorme cantidad de sentidos que los hemos bloqueado.
¿Cómo cambia un cuerpo que se permite no saber? ¿Qué hace el cuerpo con lo que todavía no tiene nombre?
Lo que viene, quizás, no es una respuesta. Sino otra forma de estar en movimiento.
Bibliografía
Diaz, Santiago (2020), Del cuerpo o el combate del pensamiento. Notas agónicas entre filosofías y deportes, Eikasia: revista de filosofía, ISSN-e 1885-5679, Nº. 95, págs. 413-426
Nancy, J.-L. (2010). 58 indicios sobre el cuerpo. Extensión del alma, Buenos Aires: Ediciones La Cebra.
Nancy, J.-L. (2000). El intruso. Valencia: Pre-Textos.
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Podés verlos en nuestra Biblioteca de Filosofía del Deporte.
Podcast – Deportes, Filosofía de vida
Este tema lo conversamos hace un tiempo con Maxi Díaz, en una charla en Punto de Encuentro con Lorena Medina por FM Profesional 89.9 (Salta). Una conversación que ya anticipaba muchas de las ideas que desarrollamos en este post.
Maxi Díaz
En 2003, su madre lo llevó a un torneo transandino de atletismo. Desde entonces, no se alejó más del deporte. Solo cambió de disciplina: se especializó en salto triple, un giro obligado por una lesión en la rodilla.
Hubo años en los que necesitó rehacerse. Y desde ese momento, no dejó de representar al seleccionado argentino en mundiales, panamericanos y torneos internacionales. Estuvo muy cerca de alcanzar su gran anhelo: los Juegos Olímpicos.
Hoy tiene el récord nacional en su categoría y especialidad: 16,53 metros.
Podés seguir su recorrido en @max_diaz88
