¿Cómo sé si mi plan de entrenamiento es correcto?

Las indicaciones son de manual, el plan es correcto y el objetivo no se cumple. Algo quedó afuera: no en la técnica, en la pregunta.


Lo bueno de los títulos que comienzan con la pregunta «¿Cómo…?» es que, cuando nos acercamos a leer, esperamos que nos den una solución. Y exigimos que cada palabra se comporte como lo esperado; si no lo hace, pone en deuda la credibilidad de la información y vuelve su lectura una pérdida de tiempo.

Pensar la lógica del «¿Cómo…?» nos va a dar criterios para saber si el plan de entrenamiento es correcto.

Esta lógica la tenemos tan incorporada en la vida que nos va a resultar difícil deshacernos de ella. La venimos incubando desde hace tiempo y alejarnos de ella para visualizar su estrategia no es tarea fácil. Porque no solo funciona para la práctica deportiva: la usamos en todas las dimensiones de la vida, también en la profesional.

A qué responde un plan de entrenamiento

Un plan de entrenamiento responde a la pregunta: ¿cómo mejorar en mi deporte? Y no importa cuál: desde salir a caminar, correr, bicicleta, kitesurf, surf, vóley, básquet o salto triple.

Cuando decís «quiero mejorar», es porque donde estás no alcanza. Y considerás que hay otro lugar que es posible. Pero también sabés que, para llegar a ese nuevo punto, necesitás que alguien o algo te organice, ya sea con un plan o con algunas indicaciones.

Si entreno como corresponde, voy a mejorar; solo necesito un plan.

Y mejorar puede entenderse desde una experiencia; entonces, el plan puede ser cambiar las zapatillas o bajar unos kilos; o mejorar el tiempo o la velocidad, recuperar una función, sentirse seguro, aprender un deporte, pulir un gesto, recuperar la confianza, estar a la altura de lo que espera el equipo, responder a una selección o a un contrato, volver después de una lesión. O sentirse, otra vez, capaz.

Y para eso armamos un plan.

La lógica del «¿Cómo…?»

Hay una representación que nos «llama» a pasar de la situación A a la B.

Es una representación que está armada de argumentos y causas estratégicamente enlazados y justificados. Todos fundamentan la posibilidad de pasar a B. Es decir, nuestro entendimiento construye un entramado en el que todo encuentra su razón suficiente y, por eso, se justifica ponerse en acción.

El entendimiento exige una razón suficiente para sus enunciados y sus afirmaciones para que nuestras representaciones sean realidad.

No es una cuestión ética o moral: si está bien o está mal. La lógica del «¿Cómo…?» actúa desde otro lugar. Cada cosa que hacemos o dejamos de hacer —comprarnos unas zapatillas, salir a comer, elegir qué beber o quedarnos a dormir para estar bien en la carrera del día siguiente— tiene y necesita, para el entendimiento, una razón suficiente. Incluso el «porque sí» es una respuesta a esa exigencia.

Y más: esta estrategia comienza antes de pedir un plan a un instructor. Ya estamos buscando un fundamento. Antes de saber qué hacer, ya queremos saber por qué hacerlo. Así funciona la lógica del «¿Cómo…?».

El plan no es la lógica del «¿Cómo…?», sino que es solo una parte. Es solo la punta del iceberg de un entendimiento que busca su razón suficiente para tranquilizarse y saber que es por ahí.

Ahora, ¿cómo saber si el plan de entrenamiento es el correcto?

Plan de entrenamiento: una historia común

Como instructor, pasa a menudo. Se acerca un deportista con la pregunta: «¿Cómo hago esto mejor…?». A partir de ahí salen las indicaciones. ¿Son correctas? Sí, son de manual. Le explico que el gesto está mal hecho, que así se hace bien y que esto es lo que va a pasar si lo hacés así. Tiene su causa, tiene su razón, tiene su resultado previsto. Se va conforme, y con un plan. Y yo también.

Lo intenta y no sale. ¿Es un error?

Vuelve a preguntar. La respuesta es casi la misma. La mirada del deportista ya cambió. No se va conforme.

Y vuelve a insistir, no sale. Y el círculo puede seguir tantas veces, hasta que salga.

¿Hay una forma de hacer esto mejor?

El primer análisis, y correcto, podría ser: que el instructor no preguntó qué significaba «mejorar», o que no realizó una evaluación apropiada. La lista de observaciones, todas válidas, puede seguir; incluso el clima podría justificarlo.

Sin embargo, estas observaciones correctas siguen incubando la misma estructura lógica del «¿Cómo…?» que necesitamos identificar para saber si nuestro plan es correcto.

¿Qué falló? ¿Cuál es el problema en todo esto?

Si estamos dispuestos a caminar este camino, es necesario entonces que empecemos a escuchar lo que nuestro entendimiento nos exige.

Sabemos, por lo que nos dicen los neurocientíficos, que el cerebro y la mente salen a tranquilizarnos. Y nuestro entendimiento utiliza sus estrategias para buscar esos patrones conocidos y de seguridad para poder vivir.

Así, por ejemplo, cuando algo nuevo se nos presenta, es una amenaza porque no encaja en lo conocido. El pensar se activa con la exigencia de buscar un fundamento desde la razón suficiente para esta novedad. Y para eso crea una representación, que no solo nos da tranquilidad, sino también sentido en nuestras vidas.

Esta exigencia es tan potente porque está anclada en algo existencial: nuestra seguridad.

Esta práctica la aplicamos a todo. Ejemplo: ¿me compro o no esto? Entonces, el entendimiento actúa y encuentra su razón suficiente en cualquiera de estas versiones:

  • «Me lo compro porque me lo merezco, trabajé mucho esta semana».
  • «En realidad es una inversión a largo plazo, me va a durar años».
  • «Estaba en oferta, si no lo compraba ahora terminaba perdiendo plata».
  • «Lo necesito para trabajar mejor / optimizar mi tiempo».
LA PUNTA DEL ICEBERG

Lo correcto flota

Las observaciones son correctas.

Todas incuban la misma pregunta.

«¿Cómo…?»

Todo lo que es tiene un fundamento. Esto es lo que exige la razón suficiente.

Lo mismo sucede con el plan. El plan nace de esa exigencia propia y se transforma en un fundamento.

¿Por qué falló el plan?

Algo se nos escapa en este iceberg de fundamentos, y nuestro entendimiento prefiere mirar para otro lado.

Otro análisis común, y correcto, podría ser: es una cuestión de expectativa. Claro, el fundamento no solo da razón, además debe comportarse de determinada manera y esto es lo que tranquiliza al entendimiento. La razón suficiente no solo fundamenta, también exige que se comporte de la manera en que lo fundamenta.

Pero si seguimos la pista de la expectativa, seguimos alimentando la misma lógica del «¿Cómo…?». Sería algo así como cambiar de iceberg.

Una regla que se volvió exigencia

El principio de razón suficiente, que construye el fundamento, dice Heidegger, no es solo una regla del pensar: se volvió además una exigencia. Es decir, la explicación del fundamento pasó a ser fundamento. El fundamento del fundamento: un loop discursivo de nuestro entendimiento que nos genera tranquilidad.

Entender este giro nos permite, al menos, extrañarnos de lo que sucede en esta lógica que incubamos con la razón suficiente de nuestro entendimiento.

No es una simple descripción de que todo tenga un fundamento. Es también una pretensión del pensamiento de que se comporte como dice el fundamento.

El error nos devuelve la respuesta correcta

Vuelve el deportista: con la frustración de que sus fundamentos no fundaron, exige que se le restituya la razón.

La razón tiene que ser devuelta, rendida, como quien paga una deuda (ratio reddenda). Nada puede ser sin entregarnos su por qué.

Hay que cambiar el plan y listo, solución práctica y siempre aplicada.

Ya a esta altura, tomar esa decisión es continuar en la lógica del «¿Cómo…?» que no nos permite saber si el plan es correcto o no.

¿Qué quedó olvidado?

Retomemos. Preguntaste «¿Cómo hacer esto mejor…?», y te encontraste con un plan que construiste desde un mundo de argumentos, razones y causas a partir de representaciones, donde todo tiene su razón suficiente.

  • Un plan que es una representación.
  • Que está fundamentado en la razón suficiente.
  • Porque todo tiene un fundamento.
  • Que el plan es el fundamento del fundamento y ocupó el lugar de lo que preguntabas.
  • Y que estás asombrado porque no funciona tu representación-fundamento.

El entendimiento, para dejarnos tranquilos, nos jugó una mala pasada, porque el fundamento no se sostiene a sí mismo. Esto pasa siempre y en todas las dimensiones de la vida.

El entendimiento, desesperado por la tranquilidad, buscó un fundamento, olvidándose de vos.

Todo lo que es tiene un fundamento.

Nos hemos olvidado del ser, que es lo que fundamenta y no la representación.

El error es un olvido.

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El cuerpo real y el cuerpo representado, en otro post.

El cuerpo de un campeón: lo sabe

El plan puede volverse parte de una matrix de fundamentos

Hemos incubado esta manera correcta de desarrollar el pensamiento que muchas veces nos aleja del pensar verdadero. Y es el lugar de las modas en los planes, es el lugar de la frustración, de la lesión.

Nos hemos olvidado del ser y lo reemplazamos por fundamentos y causas que encuadran en la razón suficiente. De alguna manera, hemos reemplazado lo verdadero por lo correcto.

Y acá tenés la primera pregunta que nuestro plan debe contestar: el plan, ¿es correcto o verdadero?

La práctica tan sencilla como esto…

¿Cómo salir de esta lógica? En esta primera instancia en la que estamos —la de la incubación, porque no termina acá la estrategia de la razón suficiente, que además tiene sus patrones y también sus valores—, es fundamental extrañarnos del proceso.

Para eso, la práctica y, con ella, el error son fundamentales para encontrar el camino del pensar.

El recorrido es el mismo: lo correcto nos lleva a lo verdadero. El extrañamiento nos tiene que ayudar a detectar el olvido.

La pregunta es la misma: «¿Cómo…?», pero ahora se busca desde otro lugar: desde lo que realmente sucedió, no desde la representación.

El deportista vuelve a insistir, y del instructor no sale otra indicación, sino una pregunta.

«¿Cómo lo resolviste? ¿Qué más intentaste?»

Estas u otras preguntas. Lo importante es que, cuando pregunto, no alimento una representación: pregunto por lo real, por lo que sucedió, por lo auténtico hasta donde el entendimiento nos lo permita.

Interrumpir la incubación de la razón suficiente es una posibilidad para el pensar verdadero.

La estrategia de lo correcto, de la razón suficiente, no termina acá: quedan otros recursos por desactivar.

Mientras tanto, cuando tu plan no salga, las dos preguntas quedan de tu lado: ¿cómo lo resolviste? ¿Qué más intentaste?

El Gimnasio, por mail.

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