¿Qué tiene el deporte que nos gusta incluso sin practicarlo?
Una exploración filosófica sobre lo bello, lo expresivo y lo que se juega más allá del resultado en el deporte
Hay algo en el deporte que nos atrae aunque no lo practiquemos. Nos conmueve una jugada, nos emociona un movimiento, nos quedamos hipnotizados frente a una coreografía improvisada entre jugadores que tal vez ni se conocen. ¿Qué es eso que pasa ahí? ¿Será la belleza del gesto? ¿El ritmo del juego? ¿O algo más profundo que no sabemos nombrar del todo?
Tal vez el deporte nos guste porque es una forma de expresión. Porque hay algo en el modo en que se corre, se salta, se esquiva, se lanza, que no solo sirve para ganar, sino también para decir algo. Encontrar un estilo, realizar un movimiento, hacer una jugada… todo eso se convierte en una forma de mostrar quién sos.
La pregunta apunta al juego en sí, y a si este nos atrae porque lo experimentamos como algo bello, armónico ¿La actividad deportiva es estética? ¿Lo bello es parte de la experiencia que el deporte nos ofrece?
Si hablamos de belleza en el deporte, algunas disciplinas lo dicen de entrada. En la gimnasia artística, por ejemplo, lo estético forma parte del reglamento: un jurado evalúa con puntajes la ejecución, el estilo, la armonía del movimiento. Allí no hay duda: el deporte es también una forma de expresión visual.
Pero ¿qué pasa en el resto? En los deportes donde no se puntúa la belleza, ¿lo estético desaparece? ¿O se filtra, de todos modos, en el juego? Pensemos en el árbitro. Su tarea es ordenar, hacer cumplir el reglamento. Sin embargo, muchas veces lo vemos tomando decisiones que parecen influenciadas por lo que “queda bien” o “queda mal”. ¿Nunca notaste cómo un jugador teatraliza un golpe para convencer al juez? ¿O cómo un árbitro deja seguir la jugada como una forma de reconocer su fluidez, su armonía?
En este punto vale recuperar Joseph Kupfer, quien afirma que lo estético no solo está presente en los deportes evaluados por jueces artísticos. También forma parte de los deportes competitivos donde hay árbitros: allí, dice Kupfer, el juego expresa algo más allá del resultado. Algo que también se percibe, se aprecia… se contempla.
“No solo los deportes que son evaluados por jueces (gimnasia, natación) tienen un componente artístico, también lo tienen aquellos que son evaluados por árbitros, aunque su propósito central sea competitivo.” (Kupfer, 1983)
Por lo tanto, desde la perspectiva del juez o del árbitro lo estético está presente en el deporte. Ahora bien, esta presencia corresponde al criterio del juez o es algo que está en el mismo juego y este lo evalúa. Y si es así nosotros como espectadores ¿no evaluamos el juego desde criterios estéticos?
¿Y si el deporte también se mira como una obra de arte?
Ahora dejamos el lugar del juez y nos ponemos como espectadores. ¿Y qué pasa con ese que no juega, pero se emociona como si estuviera dentro de la cancha? Tal vez lo que ve —aunque no lo sepa— lo vive como una experiencia estética.
Pongamos un ejemplo que no necesita introducción. El gol de Diego a los ingleses en el Mundial del ’86. Esa secuencia perfecta de movimientos, rivales que caen, el relato que acompaña, el estadio que grita… Todo entra en una suerte de coreografía impredecible. Y sin embargo, necesaria. Como si todo estuviera destinado a expresarse así.
Al recordar esa jugada, algo se acomoda. Como si el fútbol, por un momento, hubiera dicho algo que solo él podía decir. La sensación que deja al recordar esa jugada es que todos los elementos que están presente en el juego entran en conexión expresando un acontecimiento, y es estético. Jugadores, espectadores, contrincante, arbitrios, periodistas, de alguna manera parece que toda lo que sucede, hasta los dioses se ponen de acuerdo para expresar lo que vimos.
Eso que sentimos, ¿no es lo mismo que pasa cuando una película nos deja sin palabras? ¿Cuándo una escena nos conmueve sin saber por qué?
Ahora, ¿por qué, Diego, no hizo todos los partidos un gol igual?
Lo curioso es que esa belleza no se repite. Diego no hizo todos los partidos un gol igual. Porque esa jugada no se fabrica, aparece. Se da. Y cuando se da, no solo la recordamos, la celebramos como algo que vale la pena contemplar.
¿Qué es lo estético y cómo se reconoce en el deporte?
¿Qué es lo estético? Preguntar por lo bello es meterse en una discusión que lleva siglos. ¿Es algo que está en el objeto o en quien lo contempla? ¿Se mide por reglas, por emociones, por historia, por cultura?
Algunos dicen que lo bello es simetría, equilibrio, proporción. Otros que es lo que te emociona, aunque no sepas por qué. Hay quienes lo entienden como algo que se aprende, y quienes creen que simplemente sucede.
Tal vez lo más interesante es esto: que nadie lo pueda definir del todo. Porque lo estético, cuando aparece, no pide permiso. Se da. Y al darse, basta con que alguien se detenga a mirar —o a sentir— para que cobre sentido.
En el deporte, pasa algo parecido. No siempre sabemos por qué una jugada nos conmueve, por qué un movimiento nos queda grabado. Pero cuando sucede, lo reconocemos. Y eso basta.
La belleza de una patada: el periodista como curador de jugadas
Si hay un lugar donde todos estos criterios se mezclan —lo bello, lo técnico, lo ético— es en una clase particular de espectadores: los periodistas deportivos. Basta con escuchar cualquier programa para notar que en los comentarios no solo analizan el resultado, también opinan sobre cómo se jugó, qué estilo tuvo el partido, si “fue lindo de ver”.
A veces parecen curadores de arte. Resaltan jugadas como si fueran pinceladas. Discuten estilos como si hablaran de escuelas estéticas. Se indignan con la misma pasión con la que celebran la belleza de un gol bien construido.
En ese terreno, los argumentos técnicos se cruzan con emociones, y lo ético se roza con lo estético. Como cuando alguien dice:
“Fue falta, sí. Pero fue una buena patada. Lo tenía que hacer.”
¿No hay ahí una especie de lógica del juego que no se deja atrapar del todo? Algo que va más allá del reglamento y que tiene que ver con cómo se juega… y con lo que se expresa. Ya tenemos varios indicio de que el deporte es una puesta en escena y que lo estético es un criterio de valoración.
Entre la estrategia y la expresión: lo que nos mueve a jugar
Lo estético no solo se juega en los ojos del espectador. También aparece dentro del juego mismo, como parte de la estrategia, del estilo, del modo de estar en cancha.
En una final de la NBA, Manu Ginóbili fue cuestionado por no cortar con falta una jugada clave. Su respuesta fue tan simple como contundente:
“No es nuestra estrategia. Llegamos hasta acá jugando así.”
Esa frase dice mucho más que una decisión táctica. Dice: jugamos de esta manera porque así queremos jugar. Porque también hay una ética del estilo. Y porque, quizás sin decirlo, hay una apuesta estética en cada jugada.
Hablamos del juez. Del árbitro. Del espectador. Pero la pregunta inevitable es por el jugador.
Porque él no solo ejecuta una jugada. Él está ahí, dentro del juego, intentando algo. Una y otra vez. Insiste. Repite. Corrige. Se frustra. Vuelve.
Y en esa repetición hay algo más que técnica: hay búsqueda. De estilo, de forma, de una conexión. ¿Cuánto hay en tu forma de correr, de pasar, de esquivar, de esa estética propia que nadie enseñó y que define?
Tal vez por eso volvemos. A entrenar, a jugar, a repetir. No solo por mejorar. Sino porque queremos expresar algo. Que eso que sentimos pueda, por fin, manifestarse.
Cuando el juego se inventa a sí mismo
Pero hay algo más. Porque no jugamos solo para repetir. También jugamos para crear.
En medio de la rutina, del gesto entrenado, de la técnica pulida, aparece —a veces— eso inesperado: una jugada nueva, un giro no previsto, un instante en el que todo se alinea de otra manera. Como si el juego dijera algo que todavía no se había dicho.
Esa es la acción creadora. No se planifica. No se copia. Irrumpe. Esa acción creadora es:
- Por un lado, hay algo no expresado, algo no dicho, no realizado, abierto por hacer, un deseo, una incertidumbre, un desafío que se busca concretar y que tiene la posibilidad de ser puesto en escena en cada juego.
- Pero al mismo tiempo, una vez realizado siempre está por realizarse, es una especie de construcción que nunca llega y que siempre espera una nueva aparición en el marco de ese juego.
Y aunque dure un segundo, cambia todo. Porque una vez que sucede, no se puede volver atrás. Queremos repetirlo. Queremos mejorarlo. Queremos ir más allá.
El juego nos lanza a ese círculo: hacer lo que ya sabemos… para poder hacer lo que no sabemos aún. Y en esa búsqueda, aparece algo que no es solo útil o efectivo: es bello. Y por eso, nos queda grabado.
¿Cuál fue tu mejor jugada?
Tal vez fue una que no salió perfecta, por eso uno volvió a intentar. Tal vez fue una que nadie notó, pero es tuya. O tal vez todavía no se hizo.
Porque la jugada perfecta nunca llega del todo. Y sin embargo, la buscás. La repetís. La esperás.
Eso es jugar. No solo competir, ni solo entrenar. Jugar es armar una escena donde algo puede aparecer. Y cuando aparece, aunque sea por un instante, lo reconocés. No porque sea útil. Ni porque sea efectiva. Lo reconoces por bella.
Y entonces, volvés a jugar.
Podcast – Deportes, Filosofía de vida
Sobre este tema hablamos con Dani Márquez hace unos años en Punto de Encuentro con Lorena Medina en FM Profesional 89.9 (Salta) .
Dani Márquez
Dani Márquez es del norte de Salta, de Tartagal. Empezó a andar en skate desde chico, cuando las calles todavía eran su única pista. Más tarde se fue a Salta Capital, donde estudió una carrera sin dejar de deslizar su arte por la ciudad. Después se fue a Buenos Aires, otra carrera universitaria… y más cemento para patinar.
Hace 15 años que es skater profesional (hoy unos años más). Fue campeón argentino varias veces y representó al país en competencias internacionales. Hoy es entrenador de la selección argentina de skate, que por muy poco no llegó a Tokio. Pero sigue entrenando como si lo mejor estuviera por venir.
